viernes, 31 de mayo de 2013

El Negro.


El Negro.

Cayeron en mis manos, fruto del influjo increíble del azar, esas letras que apenas una vez salieron de mi mente, esas que apenas una vez supe de cierto que podrían gustar. Pero gustaron, unas letras que una vez fueron puestas como cebo ante el oso hormiguero, de trompa larga y torpe caminar, esa ardua maquinaria que se cierne sobre todo aquello que llene el aroma de semilla reproducible, de cosecha altiva y fácil. Esa maquinaria impresentable ante su bien presentar, ante su código deontológico millones de veces aturdido, por los varapalos recibidos, sí la maquinaria editorial.
No eran líneas divisorias, eran líneas trazadas con alambre de espinos, con mordazas de trampa, con serena pulcritud para hacer caer al mayor de los ditirambos.
Nada podía creer, no se habían molestado ni tan siquiera en cambiar las posibles similitudes entre la idea y la silueta de la palabra escrita. Esa danza confidente que se agarra cuan una fémina dudosa a su galán entregado a enseñar lo mejor de sí. Mas, cierto era, allí estaban, clavaditas, una tras otra las frases de mi intento de novela frustrada, de letras rechazadas por “poco comercial”, por “disoluto estertor de un escritor en ciernes”. Una puñalada con una navaja de siete muelles pareció entrar en mi pecho. Defenestrado de mi deseo de contar, y contado con título de autor colegiado, famoso, engreído y sátiro, truhan de pacotilla que embauca las laderas del mar.
Una decisión extraña, alocada, pero valiente se me cruzó por la mente. Con mi número de registro, con mis galeradas sin corregir, con mis ansias de venganza. Me empotré literalmente, pues el ímpetu de la entrada en las oficinas resplandecientes de aquel gran orbe, de aquella inmaculada catedral de las letras más doradas, me hicieron chocar de bruces contra una recepción no menos brillante, y una esplendorosa rubia de crin planchada, larga como la hilada de Penélope y con aroma a jazmín y una sonrisa de película. Casi me recogió la empanada de folios sembrados por todo el hall de aquel impresionante hotel de mil estrellas, pues para nada parecían unas oficinas de una editorial, bueno o sí. Después hubo muchas que pisé, y eran similares, al menos las de postín. Pero bueno, no adelantemos acontecimientos.

Laura, se llamaba aquel sol radiante de alborada sempiterna, ensueño de un despertar ante el último viaje de un meditabundo viajero al eterno acaecer. Amable cuan la sirena que recorre tus extremidades al son de un bello trance. —Puedo ayudarle, Sr…, se ha hecho daño—todo ello mientras flexionaba las larguísimas piernas con la destreza de una juvenal arenga del olimpo. –No, bueno sí…eeeh, Sinfuentes…, no sabía por dónde escapar a aquella fascinante revelación, que seguro estaba allí para ello, para obnubilar a seres fútiles de altivo porte, no para reales mundanos que apenas tienen una parcela del dos por uno en el camposanto de Sinprisas, localidad costera que apenas correr necesitaba para salirse de ella, y que atenía a bien tomarme como caminante sus piedras.
Tras recoger, con su inestimable ayuda, la de la diosa rubia, digo. Y reponerme del ataque de ansiedad inusitado de mi enclenque corazón, me presenté.—Hola, soy Sinfuentes, bueno vamos Jacq Sinfuentes, desearía hablar con el Sr. Irreverente, Sol Irreverente, el director de este tinglado—, la mueca incrédula, de la preciosidad que respondía al nombre de Laura, venía a decirme como después formuló que eso no podría ser así de fácil. —El Sr. Irreverente, es una persona muy ocupada, y me temo no le pueda recibir sin cita previa, tiene usted, Sr, Sinfuentes dicha cita— me deletreó casi en una cantada de dulce melodía, con su voz atiplada cuan el silbido de una cadencia celestial. —No, a ver, no quiero ser grosero, usted es muy amable, es preciosa, y me ha tratado con verdadera amabilidad, mas debo de ver personalmente a este señor que es quien ha rechazado estas páginas mandadas por mí, y me debe una explicación, que no por el rechazo, que de mi pecho nunca salió la esperanza que fueran a ser recogidas entre pastas del tan preciado traje que llaman libro. Sino que han aparecido pero bajo el nombre de ese… bueno ante su delicada mirada, su atenta audición no quiero enumerar sus insolencias, pues no es usted merecedora de tal miscelánea de afrentas— le solté en perorata continuada sin dejarle decir, esta boca tan linda es mía.
Me repitió— el Sr Irreverente no creo le vaya a recibir, se lo comunicaré, pero no le prometo nada. Aún no se había dado la vuelta, me recorrí tras su silueta de melodía, en su contonear, diciéndome hacia mis adentros, déjate de culos Jacq, que si no estás perdido y aquí te has lanzado a pelear por lo que es tuyo. Así fue como tras ella abrir la puerta de aquella mansión de moqueta mullida, con olor a ambientador de lujo, que servía de oficina a aquel mequetrefe, irrumpí sin dejarle tiempo a reaccionar. Al grito de— me va a oír el roquefeller éste de tres al cuarto. Sr. Irreverente, lo siento, no pude, perdón—se disculpaba aquella voz que se había vuelto temerosa, triste y sorprendida. No, no se disculpe usted, Srta. Laura—repuse cuan caballero de nívea armadura—vengo a hablar con este y nadie me lo va impedir, me tiene que explicar el robo flagrante de que me han hecho, él y el impúdico lima letras de tres al cuarto que posa su nombre sobre mis tintas, además sin disimulo y con alevosía. —proseguí sin darles tiempo a reaccionar. Vale, vale, déjele entrar, Srta. Soleil, ya me las arreglo yo con este buen señor, que seguro tenemos muchas cosas de que hablar, y poder solucionarlas—zampó el sr Irreverente, ante nuestra sorpresa, más bien la mía, porque la de la Srta. Soleil, guau sol de apellido, si no podía ser de otra manera, me tatareaba mi yo interno, jajaja, aunque su cara era más de alivio que de otra cosa.
Tome asiento, Sr Sinfuentes, póngase cómodo— me avino el elefante sin trompa y raquítico bigote que se escudaba en una mesa como un campo de tenis de grande, allí se podría jugar no al pingpong sino celebrar casi el rolan garros. Sin salir de mi sorpresa, me dejé abrazar por aquella espumosa tapicería que adornaba aquellos celestiales sillones, portando  en tan tremebunda habitación pergeñada con la máxima suntuosidad. Sin dejarme abrir la boca, comenzó a disertar una clase del buen hacer y las grandiosas cúspides que se podrían lograr, o mejor dicho pues se refería a nosotros, no entendía por qué me incluía.
Mire Sr Sinfuentes, usted como grandioso escritor que es sabe perfectamente que su nombre y apellidos no tiene tirón, ninguno. Además de ser un total desconocido en los círculos de las letras, no ha publicado nunca, y bueno en realidad, es feo de cojones y echa para atrás a menos que quiera escribir sobre el desierto, donde las fuentes no se saben lo que son, casi, jajajaja, se reía, mientras explicaba, los royalties, los porcientos que me tocaría cobrar por cada libro de venta, por las presentaciones y las ayudas, por las correcciones y al ritmo que se esperaba todo, incluso de los derechos de cine y televisión. Con un mareo en mi  nebulosa mente, con una amargura tragada por no saber que responder, sí aquello era un sueño, aunque un mal sueño, pero no llegaba a ser pesadilla, era una bicoca para ganar pasta a raudales, y haciendo lo que me gustaba hacer, escribir. Contar historias y deambular por los oníricos espacios que hacen que la realidad se vista de crueldad, porque siempre superará a lo que seamos capaces de imaginar. El rumrum de su voz, seguía haciendo mella en mi autoestima, iba dilapidando las ganas de reventarle el puño en sus fauces de buitre sin escrúpulos, de ladrón sin ambages, hacía un instante era el ladrón de espíritus de reloj, el que se había llevado sin miramientos las saetas de mi esfera, la que dibuja mi deambular sobre las divisorias estancias que rodean nuestro quehacer. Y ahora, ahora qué…—Piénsatelo, no has de contestar ahora, si hay algo que no te guste podemos cambiarlo, no te precipites y piensa que harás lo que deseaste siempre y además con tus propias letras, no me tengas en cuenta el que no te aceptara al principio, compréndelo, esto es un negocio, una fábrica de ilusiones pero ganando dinero gusta más y cuesta menos—fueron sus cinceladas palabras que me devolvieron a la realidad extraña y estrambótica de la neblinosa maraña impregnada a humo intenso, que sin percatarme también salía de mi boca, me hacía toser, y apenas supe nunca cómo llegó a poner hirvientes mis labios, ni donde llegó la chispa que lo prendió.
Con una sonrisa estúpida en los labios, me levantaron de aquel asiento tan esponjoso en volandas, sin apenas saber de mí mismo me sentí envuelto en nebulosas volutas de suntuosa pompa, tras bambalinas, eso sí. El engominado mequetrefe de estilizado cuerpo, fauces de romeo y labia gesticulante, se encargaba de exponer ante los focos aquella majestuosa danza que mi mente y sus siervas manos se tendían a tejer cuan si fuera las líneas divisorias de un edén fortuito, donde los hombres se asemejan a abejas que trabajan en majestuosa armonía, sin detenerse a pensar qué o quién debe de llevarse la gloria. Apenas un instante antes me comía las entrañas, y ahora flotaba sobre el espumoso algodón del dinero, aquella plata que todos buscamos y pocos hallamos, menos de la placentera forma que me surgió a mí, contaba a la señorita Laura Soleil, porque en mi contrato de royalties no venía, pero como dicen en los cuentos, a veces los sueños de encontronazos y letras desparramadas cimentan templos duraderos, verdaderos cúmulos de amor desenfrenado, al menos así está siendo nuestro fulgurante idilio, aunque cierto ya vamos para tres décadas, mis hirsutos pelos no lo son tanto, pintan incluso alguna plateada huella que marca el paso de nuestra degradación, e incluso a ella, pléyade del cenit regio por donde la brisa devastadora no se atreve a surcar, se lo nota más excelsa, más profesional, más hecha, experimentada y eso sí le noto, más sabedora de que fue un aldabonazo acertado de todas, todas el que mi nombre de Jacq Sinfuentes, se quede en el apodo homónimo de un negro que se dedica a deletrear unas líneas que después de pasadas por el ornamento de unas siglas editoriales, un merchandising fulgurante y una puesta en escena cuan si fuera el mismísimo Shakespeare el que pretendiera mostrar aquel sueño de invasión en estrellada noche de acalorado verano en primicias de la corte de regios postrados ante sus maravillosas muestras de talento.

Nada se bifurca tanto como las líneas divisorias de aquello que soñamos ser, con la realidad que nos recoge, unas veces el horizonte se torna plúmbeo y no deja traspasar los rayos de la luz, otras en cambio se nos encienden las cosquillas de nuestro pecho, se siente henchido y torna para ver de certezas esquivas las verdades de un sopor ingrato.
Laura y el tal Jacq, o sea el menda, se monda a costa de la editorial cuan mismo autor estrella, pues el sr. Irreverente comprendió desde un primer momento que ni la luz es nada sin el horizonte donde despegarse, ni la oscuridad es tal sin que antes hayamos abiertos los ojos para dejarnos obnubilar.
Una vez mezclamos la rala letra del poeta en las cadenas renqueantes del ancla que a puerto amarraba a bergantín tan regio, y dejamos que la sinusoide del oleaje nos meciera a verso en popa, esto fue en el cambio de los tiempos, donde la red se enmarañaba por derroteros que dejaban espaciar los tiempos, y las florituras no eran tan necesitadas, mas no importó pues las despensas bien repletas nos quedó el vasto espacio repleto de negritud para con el zascandil que sienta sus posaderas en letra escarlata de la real academia, para darle lustre a su treintena de mamotretos bien hallados, plenos de historias, sentencias y grandes apologías.


Entre tanto, un negro con seudónimo Gotiasan Blopa rige la correduría del letreo grato de la musa melódica de la poesía, se cierne al entramado mundo que agradece las comisuras de unos labios imaginados húmedos al paso de una libidinosa lengua cargada con esencia de canela y limón. Ahí es donde Laura se me ofrece y me disfruta, ahí es donde a carcajada limpia disfrutamos siendo la parte trasera, la negritud de un falaz mundo que se rige por contactos y abusos de poder, amiguismos y clientes de flashes.

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